martes 13 de octubre de 2009

Lie to Me: un gesto involuntario de la ideología post-9/11

Matándome suavemente

La ideología, ese saber no consciente que necesita declararse muerto para poder funcionar, resuena como un eco en los relatos de ficción, filtrándose por las hendiduras narrativas de las películas y las series populares de televisión. Podría decirse que es inevitable. La tara ideológica es un retorno de lo reprimido, un síntoma que se manifiesta en lo no dicho, en el sonambulismo de los actos involuntarios. Y como es de esperar, los productos culturales son un reflejo del síntoma ideológico, un retrato más fiel que el original. Ideología en estado puro.

Un lugar común en el pensamiento político post-9/11 es la legitimación del debate acerca de la justificación de la tortura en casos de terrorismo. Específicamente, en situaciones en las que se trabaja "contrarreloj", con prisioneros acusados de manejar información que puede prevenir actos terroristas. Información que, de obtenerse por algún medio, podría salvar la vida de millones. Nada que la CIA no venga haciendo desde hace décadas. Sólo que hoy es un legítimo tema de discusión pública, donde la opinión de todos es igualmente válida en tanto no se cuestione la hipótesis de los minutos contados y la suposición de que la verdad sólo está en manos de los combatientes ilegales.

Este debate gira en torno a dos posturas en principio contrapuestas: Por un lado, la que justifica la tortura sin más, según una economía de costo beneficio en la que siempre se está dispuesto a sacrificar algún que otro principio ético para "salvar millones de vidas". Ante la inminencia del peligro, es la misma necesidad la que impone la tortura, sus efectos benéficos son tan altos (mantener la vida) que vale la pena la suspensión de algunos derechos elementales. Y por otro lado tenemos la pálida resistencia liberal, que condena la tortura en nombre de los derechos humanos, pero que al mismo tiempo justifica la toma de ciertas medidas extremas, como usar métodos invasivos de interrogación con el permiso de la corte. Es decir, niega la tortura, pero reconoce que de imponerlo la necesidad, podría ser válido apretar algunas tuercas. Siempre, por supuesto, con el consenso de las mayorías y el apoyo parlamentario. En definitiva: la respuesta liberal no es más que la implementación de una tortura con rostro humano.

Pero, ¿bajo qué condiciones se puede saber a ciencia cierta que interrogando a un preso es posible salvar millones de inocentes? Esta situación, que siempre pertenece al orden de lo imaginario, tiene consecuencias muy concretas cuando se la toma en serio: se torturan millones de inocentes para salvar a un puñado de culpables.


Basta de lloriquear, es hora de actuar


La serie 24, por ejemplo, es un caso emblemático de la primera respuesta a esta pregunta mal planteada. ¿Es legítimo torturar para salvar la vida de millones? Desde las mismas técnicas literarias hay una puesta en escena de este tipo de situaciones contrarreloj. 24 ilustra la fantasía perfecta, tanto de liberales como de conservadores. El tiempo corre, hay una hora por capítulo, estamos bajo amenaza, y ya hemos perdido la inocencia. Es hora de actuar. Actuar Ya. No queda más remedio que cruzar la línea divisoria entre el Bien y el Mal (suspender un Bien siempre definido a partir del Mal). Aunque no todo es tan simple: al momento de torturar siempre hay una vida que se arruina. Pero no es la del torturado, sino la del torturador. Se trata de un camino sin retorno, pero que hay que transitar necesariamente. Hace falta que un salvador silencioso, voluntariamente, desde las sombras, se sacrifique (en el sentido de abandonar –como mínimo- sus principios humanitarios) y logre así obtener esa información tan crucial y valorada, que sólo los más oscuros sospechosos pueden brindar. La utopía aquí es la de la supresión de la justicia, la concepción de un mundo en el que el que pueda prescindirse de los tribunales para el sostenimiento del orden vigente.

En su séptima temporada, 24 propone una lista de temas que –en una primera lectura- provocaría a cualquier republicano medio: el agente Jack Bauer está mortalmente enfermo, trabajando contrarreloj para prevenir un ataque terrorista. En medio de la desesperación accede a un tratamiento experimental con células madre para intentar salvar su vida. Agonizando en una clínica, sin saber si sobrevivirá o no, rechaza un encuentro con su hija. Prefiere rezar junto a un árabe que había maltratado por prejuicios infundados. Prefiere, en su posible lecho de muerte, expiar sus pecados que despedirse de su propia hija. Que nadie malinterprete las cosas: no hay nada más importante que la redención. Tal es el aspecto trágico de nuestro héroe. Surge la figura del sacrificado que sacrifica vidas ajenas para salvar la humanidad. Y es válida la aclaración: lo que está en juego aquí no es la vida biológica de nuestro héroe, sino su humanidad. No hay tiempo para marías magdalenas. Hay que dejar las emociones de lado en nombre de la misión salvadora; ése es el acto ético definitivo. Deshumanizarnos para salvar a la humanidad. Total, después votamos a un negro y quedamos eximidos de toda culpa. Perdón, no a un negro, a una mujer: En 24, el presidente de los Estados Unidos es una mujer que, de la misma manera, envía a su propia hija a la cárcel para salvar la investidura presidencial. Su hija había sucumbido a la tentación de la justicia por mano propia. La madre, y presidenta, no puede permitirlo. Tiene que dejar de lado sus afectos y delatar a su hija. Y luego, sin siquiera tomarse un respiro, ponerse a trabajar para -ahora sí- salvar al mundo. El héroe hecho a medida se sacrifica por nosotros. Abandona momentáneamente su humanidad para salvarnos.


Mentime que me gusta


En Lie to Me, como contrapartida, tenemos la respuesta liberal. Desde su motto se puede adivinar cuál es: "La verdad está escrita sobre nuestras caras". No hace falta -en principio- acudir a la barbarie. Mediante métodos de detección de mentiras basados en psicología aplicada podemos obtener esa valiosa información que salva vidas. Podemos acceder a la verdad, que debe ser rescatada del manojo de mentiras en el que se encuentra atrapada. La verdad se manifiesta a través de las expresiones involuntarias de los entrevistados. Nuestro héroe, el iluminado Mr. Lightman, es una especie de alter ego del psicólogo evolucionista Paul Ekman, pionero en el estudio de las expresiones faciales humanas y el lenguaje corporal. Una versión moderna de Lombroso, el criminólogo italiano del siglo XIX que sostenía que el crimen era una tendencia innata en algunas personas, y que sólo bastaba con observar ciertos rasgos físicos, como la forma del cráneo. Pero la teoría de Ekman tiene que ver con los gestos. Hay gestos universales, heredados de nuestros antepasados evolutivos. Y mediante el estudio sistemático de estos gestos es posible atrapar a los criminales.

Mr. Lightman, a través de su compañía privada (The Lightman Group), trabaja codo a codo con el FBI para resolver casos extremadamente complejos en los que el ojo experto seguirá las pistas que los actores irán revelando involuntariamente a través de "microexpresiones". Pequeños gestos, efímeros como un abrir y cerrar de ojos, ventanitas apenas perceptibles a través de las cuales podemos ver las más oscuras motivaciones.

Los métodos son muy invasivos: escuchas, videos no siempre grabados con consentimiento del entrevistado, técnicas de manipulación, ingeniería social, mentiras para descubrir al mentiroso. No se trata de entrevistar solamente al sospechoso, sino también a sus familiares y a todo su entorno social. Y no todo se reduce a la investigación, sino que también es necesario montar el escenario adecuado para que los mentirosos se delaten.

La tortura aquí es considerada un método primitivo; fuerza bruta aplicada para lograr un fin que siempre es alcanzable con métodos más refinados y democráticos. El problema no está en el contenido, sino en las formas.

En Lie to Me se coquetea con una suerte de revisionismo posmoderno (más que revisionismo, podríamos llamarlo reversionismo, o la concepción de distintas versiones de la historia como mundos paralelos) en el que -efectivamente- mediante la suspensión de ciertos derechos civiles es posible lograr el objetivo: encontrar a Bin Laden, desbaratar a Al Qaeda, ganar la guerra contra el terror, salvar la vida de millones que están ahí nada más que para ser salvadas.

En el último capítulo de su primera temporada, Lie to Me plantea el mismo escenario contrarreloj, pero en su versión liberal y democrática. Hay una serie de atentados (un autobús, un centro comercial), y el FBI recurre de inmediato a los expertos en detección de engaños. Podemos ver, en una escena muy simpática, al Dr Lightman interrumpir una sesión de tortura (una confesión forzada) llevada a cabo por las instituciones de seguridad nacional. Su punto es muy claro al respecto: La tortura es poco elegante, usemos un método más persuasivo.

En el mismo capítulo, se revela el hecho de que un ex agente del FBI (y lo aclaran: de la administración anterior, es decir, de la era Bush, ya superada) había instalado micrófonos en una mezquita para escuchar ilegalmente las conversaciones entre los fieles. El Dr. Lightman rastrea a este ex agente y lo obliga a entregar las cintas bajo amenaza. A no confundirse: el personaje del ex agente es un fanático conservador, que actúa como un mercenario, por fuera de la ley, con la esperanza de que lo convoquen para salvar al mundo. El Dr. Lightman, en cambio, es un hombre de ciencia, de convicciones liberales y gran compromiso humanitario. Éste es, al menos, el escenario que plantean. Pero tanto uno como otro hacen uso de las cintas ilegales. Fue mediante esas cintas que, finalmente, pudo prevenirse un tercer ataque. Los conservadores, esos fanáticos del pragmatismo, hacen el trabajo sucio. Los liberales cuestionan y al mismo tiempo justifican su existencia, salvando así sus almas bellas. Salvando también –según nos dicen- la vida biológica de miles de personas.

La fantasía ideológica que hermana liberales y conservadores no es la infalibilidad de estas técnicas, mucho menos el cuestionamiento de su validez. La utopía es la del héroe solitario. Hay que dejar de lado nuestra misma condición humana, tenemos que actuar como animales. Y actuar como animales implica –a priori- considerar al resto de los seres humanos como animales, vidas débiles, víctimas potenciales que deben ser salvadas. ¿Y quiénes son los elegidos? Bueno, algunos talentosos que, llegado el momento, se verá si están a la altura de las circunstancias. El talento viene con sacrificio, le dice el Sr. Lightman a su discípula en un momento de debilidad. ¿Qué te hace creer que ese talento te pertenece sólo a vos?

Hay algo más en esta fantasía, que es la forma pasiva, casi no conflictiva, con la que los entrevistados acceden al interrogatorio. Ya no hacen falta guantánamos, ¿cierto? Podemos tenerle miedo al héroe solitario, pero nunca cuestionarlo. A lo máximo que podemos aspirar es a engañarlo en su propio juego. A ser menos humanos que él.

Entonces, ¿cuál es el mensaje político que transmite Lie to Me? ¿Cuál es su sintomatología ideológica? ¿Qué significan los gestos involuntarios que podemos ver en su estructura narrativa, en los intersticios del relato, en sus tics? ¿Cuál será, finalmente, la verdad escrita sobre su cara?

lunes 5 de octubre de 2009

Alain Badiou: 15 tesis sobre el arte contemporáneo

1. El arte no es la irrupción sublime de lo infinito en la abyección finita del cuerpo y del sexo. Es, al contrario, la producción de una serie subjetiva infinita mediante el medio finito de una sustracción material.

2. El arte no podrá ser la expresión de la particularidad, sea étnica o yoica. Es la producción impersonal de una verdad que se dirige a todos.

3. El arte es un procedimiento de verdad, cuya verdad es siempre la verdad de lo sensible en tanto que sensible. Lo que quiere decir: transformación de lo sensible en acontecimiento de la Idea

4. Hay, necesariamente, pluralidad de artes, y, cualesquiera que sean las intersecciones imaginables, ninguna totalización de esta pluralidad es imaginable.

5. Todo arte procede de una forma impura, y la purificación de esta impureza compone la historia, tanto de la verdad artística como de su extenuación.

6. Los sujetos de una verdad artística son las obras que la componen.

7. Esta composición es una configuración infinita, que, en el contexto artístico del momento, es una totalidad genérica.

8. Lo real del arte es la impureza ideal como proceso inmanente de su purificación. O, dicho de otro modo: el arte tiene por materia prima la contingencia acontecimiental de una forma. El arte es la segunda formalización de la llegada de una forma como informe.

9. La única máxima del arte contemporáneo es no ser imperial. Lo que, también, quiere decir que no debe ser democrático, si democrático significa: de acuerdo con la idea imperial de la libertad política.

10. Un arte no imperial es, a fortiori, un arte abstracto; en el sentido siguiente: se abstrae de toda particularidad, y formaliza ese gesto de abstracción.

11. La abstracción del arte no imperial no considera a ningún público en particular. El arte no imperial es(tá) ligado a un aristocratismo proletario: hace lo que dice, sin acepción a las personas.

12. El arte no imperial debe estar tan sólidamente construido y ser tan riguroso como una demostración matemática, tan inesperado y sorpresivo como un ataque nocturno, y tan elevado como una estrella.

13. El arte de hoy se hace solamente a partir de lo que no existe para el Imperio. El arte construye abstractamente la visibilidad de esta inexistencia. Es lo que ordena, para todas las artes, el principio formal: la capacidad de hacer visible para todos lo que no existe para el Imperio (y, por tanto, para todos, pero desde otro punto de vista).

14. Convencido de controlar la extensión entera de lo visible y de lo audible por las leyes comerciales de la circulación y las leyes democráticas de la comunicación, el Imperio ya no censura nada. Abandonarse a esta autorización a gozar es arruinar, tanto todo arte, como todo pensamiento. Debemos ser, despiadadamente, nuestros más despiadados censores.

15. Más vale no hacer nada que trabajar formalmente en la visibilidad de lo que existe para el Imperio.

martes 22 de septiembre de 2009

Actuar dormidos para no soñar despiertos

La diferencia entre un campo de concentración y un campo de refugiados es que el primero representa una forma ilegal de exclusión y confinamiento, mientras que el segundo es la forma legal y amparada por el derecho internacional: exclusión con "rostro humano".

Este tipo de diferenciaciones forzadas (barbarie, pero con ínfulas humanitarias) dan cuenta de un mecanismo ideológico muy efectivo en la actualidad: El sonambulismo.

Caminamos dormidos, sabemos mecánicamente lo que estamos haciendo mientras proyectamos internamente una película distinta. No asumimos concientemente el saber-hacer; hacemos como que no sabemos. Nadie "sueña" con evitar la barbarie; más bien se la gestiona efectivamente para hacerla tolerable, de manera que no perturbe demasiado el sueño.

Soñar despiertos implica, en principio, estar despiertos y animarnos a vivir un sueño.

Pero el mecanismo ideológico de las libertades individuales y los derechos del hombre funciona exactamente al revés: Nos convoca a actuar dormidos.

Como actuar despiertos puede resultar demasiado traumático, necesitamos desplazarnos a un estado ideal, en el que nadie realmente cree. No se trata de una falsa conciencia. Lo falso no es la conciencia, lo falso es la autonomía de esa conciencia. No hace falta darnos cuenta, ya nos dimos cuenta de antemano. Se trata de despertarnos, de actuar/soñar despiertos.

Es esa compulsión a actuar dormidos la que hace (permite hacer) de este mundo (el mundo real en que vivimos) una auténtica pesadilla.

viernes 18 de septiembre de 2009

El espejismo de la libertad

El motto liberal "la libertad de uno termina cuando empieza la del otro" da a entender que la experiencia de la libertad sólo puede ser individual. El otro es un límite ante el cual debemos sacrificar la propia libertad. Es decir que el hombre más libre del mundo es un ermitaño.

jueves 3 de septiembre de 2009

Serial lovers

Como el antiguo místico, mal tolerado por la sociedad eclesial en la que vivía, en tanto sujeto amoroso, no enfrento ni contesto: simplemente no dialogo: con los aparatos de poder, de pensamiento, de ciencia, de gestión, etc.; no estoy forzosamente "despolitizado": mi desviación es la de no ser "excitado". En reciprocidad, la sociedad me somete a una curiosa inhibición, a cielo abierto: estoy solamente suspendido a humanis, lejos de las cosas humanas, por un decreto tácito de insignificancia: no formo parte de ningún repertorio, de ningún refugio.

Roland Barthes: Fragmentos de un discurso amoroso



Amar es algo muy difícil; es en principio aceptar la propia falta.

Como amar es algo tan difícil, amar a una persona es todo un logro.

El tema no es monogamia o amor libre. Si alguien es capaz de amar y desear a más de una persona, perfecto.

Pero los que proclaman amor libre por lo general no son capaces de amar. Son meros serial lovers. No aman, más bien saben hacerse amar. Saben qué botones tocar en el otro. No hay vínculo afectivo, hay mera afinidad. A-finidad. Un mismo fin, que a su vez no tiene fin. Un proyecto, un objetivo. El así llamado amor libre es el vaciamiento del amor.

Individualismo al palo: los serial lovers se refieren a sus amantes como "individualidades". Esa forma de nombrarlos es admitir desde el vamos que el vínculo no va más allá de la individualidad.

Hay una especie de chantaje: o sos BDSM o te casás y comprás un perrito labrador.

Estás con nosotros o elegís vivir en la mentira.

Hay, también, una convocatoria a un movimiento. Se trata de "convencer a otros" de las virtudes del amor libre: la pastoral del amor libre.

Sí; se admiten celos, malentendidos, pero en tanto "mi propia libertad es a través de la libertad de los demás" el serial lover se alegrará -en última instancia- si una de sus individualidades afines lo abandona.

Pero como política / moralmente engañar parece algo malo, se dibujan tenues lineamientos éticos. Cuando se proclaman sexualidades contrahegemónicas o prácticas sexuales "revolucionarias" en un sentido individualista, de puro goce y consumo, el punto es éste: No se trata de "no engañar", sino de engañar abiertamente. Con consentimiento mutuo.

Destilando el significado de "engañar", quitando toda su connotación moral, queda lo siguiente: Engañar es no querer, no brindar afecto, no cuidar. No tiene que ver con la traición, sino más bien con el abandono.

Como el serial lover no quiere abandonar a sus afectos, los convierte a todos en "individualidades". No abandona a nadie, porque no quiere a nadie. El serial lover está solo, se aburre, quiere probarlo todo, lo quiere todo: no sabe qué elegir. Cuando no encontramos compañía, buscamos al menos un refugio.

"Mi propia libertad es a través de la libertad de los demás" termina decantando en "la libertad de uno termina cuando empieza la del otro". Es decir, se convierte en una especie de pacto amoroso, un contrato con cláusula optativa de renovación.

No es la negación de toda moral: es simplemente otro registro moral. El Mal, bajo este mandato, es la restricción. Los seres humanos somos condenados a vivir en sociedades autoritarias y represivas. De manera que hay que desmantelar toda restricción: Hay que imponer la apertura. El único límite está en la plasticidad de los cuerpos. Y en el miedo... a gozar.

Pero el problema no es si amar de a pares o de a múltiplos. El problema es amar.

No sé. Digo.

martes 25 de agosto de 2009

Gilad Atzmon: Quererse a costa de otro


[...] Hace unos días, en el transcurso de una reunión celebrada en Londres entre personas que pasan gran parte de su tiempo trabajando en apoyo a Palestina, una activista destacada, mujer adorable que lleva desde los años 60 apoyando a Palestina, nos contó una pesadilla que tuvo en los años 80. En su sueño, fue secuestrada y tomada como rehén por los paramilitares libaneses de AMAL. Mientras los combatientes de AMAL se preparaban para ejecutarla, la activista intentó desesperadamente persuadirlos de que estaba de su lado, que se encontraba en el sur de Líbano para apoyar a su pueblo y a los refugiados palestinos. En su sueño, para su consternación, sus secuestradores hicieron caso omiso de su súplica. La mataron.

[...] El sueño del rehén resalta una dualidad devastadora dentro de la psicosis de la Izquierda. Confronta el discurso simbólico, que es abrumadoramente consciente, con el miedo inocente que nuestro proyecto político vital es en vano. En el sueño, yuxtaponemos nuestra racionalidad digital de solipsismo con el otro desconcertante y misterioso, aunque análogo. Mientras estamos despiertos, nos saturamos de simbolismo: insignias, pancartas, pañuelos, banderas, textos, pensadores y declaraciones, pero cuando cerramos los ojos, nuestro propio sentido de la ética y la verdad nos envía un mensaje devastador a través del otro imaginario: cuanto más simbólicos somos, menos auténticos somos. Cuanto más identificamos, menos sentimos.

[...] El sueño del rehén es un rayo de luz; está allí con el fin de sugerirnos que quizá nunca entendamos nada. Esto probablemente sea el auténtico significado de la verdadera solidaridad, la aceptación del otro como un misterio.

Via rebelion.org: artículo completo.


miércoles 19 de agosto de 2009

Contra la multiculturalidad musical

Es preciso denunciarlo: la multiculturalidad (esto es, la tolerancia ciudadana a las minorías, la ética normativa de la democracia liberal con pretensiones universales) es nefasta.

Esa exaltación de la diferencia, esa idealización del otro necesita ser eliminada, y si es posible ruidosa y violentamente. Hay que desmantelar la muy extendida proclamación, ya no del fin de las ideologías, sino de la lógica de la tolerancia y el consenso.

Uno de los epifenómenos más repugnantes de la multiculturidad es su influencia en el arte, y más precisamente en la música.

Están tocando nuestra canción

Lo alternativo supone una variante a una norma, es decir supone una norma. Pero al no haber una norma muy claramente definida, lo alternativo ES la norma.

Somos observadores fascinados de las "otras culturas", de la excentricidad de sus comportamientos, como si fueran colonias de insectos, formas de existencia sin historia, sin el exceso traumático de la civilización.

Hay que acabar con esa mirada "discovery channel" del otro: mientras se porte bien, mientras comparta nuestros valores occidentales y mantenga en privado sus diferencias incómodas será tolerado, asimilado, y discriminado con benevolencia. No me refiero a la adaptación for export de la música del mundo, o al menos no sólo a eso.


La multiculturalidad musical sólo viene a llenar un vacío.

Hablo -también- de la sentimentalidad indie, de la pasividad del rock post 1980, y del fenómeno pop como muerte de lo popular. Hablo de la basura chic de la música contemporánea, del minimalismo como fin en sí mismo, y de las mixturas y fusiones de suma cero. Hablo de la fascinación por lo experimental; esa contemplación idiota por lo repetitivo -en definitiva- de los experimentos.

Hablo de esa visión de la música como un espacio muerto, un rompecabezas para armar, donde sólo puede variar la cantidad de piezas y lo colorido del motivo, y cuyo objeto último es el de entretener, relajarse y disfrutar. Donde todo se reduce a la apreciación absorta del detalle, de lo infinitamente particular.

En definitiva me refiero a toda esta mirada atónita hacia lo exótico, lo único, lo nuevo, lo raro. Todo apunta en la misma dirección: el aburrimiento total, la repetición alienante de la fórmula de la no-fórmula.

Bajo este punto de vista todo se vuelve funcional, estamos sentados en el consultorio del dentista. Lo único que podemos hacer es esperar... Cualquier cosa da igual mientras se siga escuchando el silbido agudo del torno. Si no es posible, en lo inmediato, ser libres, intentemos al menos ponerle fin a la música funcional.

Necesitamos grandes eventos que subviertan lo ya sabido. Como alguna vez pasó con el jazz, y luego con Miles Davis y el jazz modal. O con la situación del tango a mediados de los 50 y la irrupción de Piazzolla. O con la música popular brasileña y la bossa nova. Necesitamos que el rock vuelva a ser progresivo. Necesitamos nuevos estilos, nuevas manifestaciones. Necesitamos reivindicar lo verdaderamente popular, reinterpretarlo, reinventarlo. Necesitamos descubrir / inventar nuevas formas, nuevas armonías, nuevas posibilidades. Y que sean verdaderamente nuestras. No del otro, ni del otro que hay en nosotros. Nuestras.

El autismo indie y la mercantilización total del arte

Ser indie, básicamente, es caer en las garras del fetichismo que valora a los productos culturales en base a las condiciones sociales de su producción, estableciendo una jerarquía donde lo más abyecto es el mainstream, y donde lo más grandioso es la obra autista despojada de todo compromiso y concebida con la única intención de dirigirse a un grupo tan exclusivo como gregario. Porque ésta es una de las mayores contradicciones en el universo indie: La de formar parte de una sucesión infinita de clubes exclusivos de solos y solas. La de cerrarse compulsivamente en la apertura.

Un verdadero indie siempre se jacta de abarcar mucho pero nunca admite su nulo apriete. Cualquier indie que se precie de tal debe ser, dependiendo del caso, músico o melómano (un neologismo para la insensibilidad musical), cineasta o cinéfilo, escritor o crítico literario; y también: fotógrafo, pintor, escultor, cocinero, etcétera. Todo indie es un esteta polifacético y vanguardista, aunque en dosis muy pequeñas, apenas pediátricas, para evitar cualquier embriaguez que no sea la de la autoindulgencia.

Cuando la vanguardia es la norma, todo clasicismo es reaccionario y toda referencia popular es reducida a la categoría de folclore.

La sentimentalidad indie no es más que embrutecimiento individual con pretensiones autogestivas e independientes. La estética indie -en este sentido- queda en sí deshabitada, pasteurizada, neutralizada. El indie es una pobre víctima de la insustancialidad y la ausencia de propósitos. Un personaje triste, arrogante y necio que no puede dormir sin creer que está perdiéndose de algo, allá afuera, en un espacio siempre ausente, nunca propio.

Esa negación –muy naïf – de las condiciones sociales de producción del arte (y la consecuente idealización de lo "autogestivo") no hace más que desustanciarlo, convertirlo en mera posturalidad. Y esta (im)postura no es más que la aceptación sin condiciones de su total mercantilización.

Coda: a modo de conclusión

Mientras las músicas valgan por ser lo nuevo, o por haber sido producidas independientemente, o por ser fascinantes manifestaciones de lo otro, lo minoritario, lo diferente dentro del margen de lo asimilable, seguiremos inmersos en esta época de reflujo musical.