Matándome suavemente
La ideología, ese saber no consciente que necesita declararse muerto para poder funcionar, resuena como un eco en los relatos de ficción, filtrándose por las hendiduras narrativas de las películas y las series populares de televisión. Podría decirse que es inevitable. La tara ideológica es un retorno de lo reprimido, un síntoma que se manifiesta en lo no dicho, en el sonambulismo de los actos involuntarios. Y como es de esperar, los productos culturales son un reflejo del síntoma ideológico, un retrato más fiel que el original. Ideología en estado puro.
Un lugar común en el pensamiento político post-9/11 es la legitimación del debate acerca de la justificación de la tortura en casos de terrorismo. Específicamente, en situaciones en las que se trabaja "contrarreloj", con prisioneros acusados de manejar información que puede prevenir actos terroristas. Información que, de obtenerse por algún medio, podría salvar la vida de millones. Nada que la CIA no venga haciendo desde hace décadas. Sólo que hoy es un legítimo tema de discusión pública, donde la opinión de todos es igualmente válida en tanto no se cuestione la hipótesis de los minutos contados y la suposición de que la verdad sólo está en manos de los combatientes ilegales.
Este debate gira en torno a dos posturas en principio contrapuestas: Por un lado, la que justifica la tortura sin más, según una economía de costo beneficio en la que siempre se está dispuesto a sacrificar algún que otro principio ético para "salvar millones de vidas". Ante la inminencia del peligro, es la misma necesidad la que impone la tortura, sus efectos benéficos son tan altos (mantener la vida) que vale la pena la suspensión de algunos derechos elementales. Y por otro lado tenemos la pálida resistencia liberal, que condena la tortura en nombre de los derechos humanos, pero que al mismo tiempo justifica la toma de ciertas medidas extremas, como usar métodos invasivos de interrogación con el permiso de la corte. Es decir, niega la tortura, pero reconoce que de imponerlo la necesidad, podría ser válido apretar algunas tuercas. Siempre, por supuesto, con el consenso de las mayorías y el apoyo parlamentario. En definitiva: la respuesta liberal no es más que la implementación de una tortura con rostro humano.
Pero, ¿bajo qué condiciones se puede saber a ciencia cierta que interrogando a un preso es posible salvar millones de inocentes? Esta situación, que siempre pertenece al orden de lo imaginario, tiene consecuencias muy concretas cuando se la toma en serio: se torturan millones de inocentes para salvar a un puñado de culpables.
Basta de lloriquear, es hora de actuar
La serie 24, por ejemplo, es un caso emblemático de la primera respuesta a esta pregunta mal planteada. ¿Es legítimo torturar para salvar la vida de millones? Desde las mismas técnicas literarias hay una puesta en escena de este tipo de situaciones contrarreloj. 24 ilustra la fantasía perfecta, tanto de liberales como de conservadores. El tiempo corre, hay una hora por capítulo, estamos bajo amenaza, y ya hemos perdido la inocencia. Es hora de actuar. Actuar Ya. No queda más remedio que cruzar la línea divisoria entre el Bien y el Mal (suspender un Bien siempre definido a partir del Mal). Aunque no todo es tan simple: al momento de torturar siempre hay una vida que se arruina. Pero no es la del torturado, sino la del torturador. Se trata de un camino sin retorno, pero que hay que transitar necesariamente. Hace falta que un salvador silencioso, voluntariamente, desde las sombras, se sacrifique (en el sentido de abandonar –como mínimo- sus principios humanitarios) y logre así obtener esa información tan crucial y valorada, que sólo los más oscuros sospechosos pueden brindar. La utopía aquí es la de la supresión de la justicia, la concepción de un mundo en el que el que pueda prescindirse de los tribunales para el sostenimiento del orden vigente.
En su séptima temporada, 24 propone una lista de temas que –en una primera lectura- provocaría a cualquier republicano medio: el agente Jack Bauer está mortalmente enfermo, trabajando contrarreloj para prevenir un ataque terrorista. En medio de la desesperación accede a un tratamiento experimental con células madre para intentar salvar su vida. Agonizando en una clínica, sin saber si sobrevivirá o no, rechaza un encuentro con su hija. Prefiere rezar junto a un árabe que había maltratado por prejuicios infundados. Prefiere, en su posible lecho de muerte, expiar sus pecados que despedirse de su propia hija. Que nadie malinterprete las cosas: no hay nada más importante que la redención. Tal es el aspecto trágico de nuestro héroe. Surge la figura del sacrificado que sacrifica vidas ajenas para salvar la humanidad. Y es válida la aclaración: lo que está en juego aquí no es la vida biológica de nuestro héroe, sino su humanidad. No hay tiempo para marías magdalenas. Hay que dejar las emociones de lado en nombre de la misión salvadora; ése es el acto ético definitivo. Deshumanizarnos para salvar a la humanidad. Total, después votamos a un negro y quedamos eximidos de toda culpa. Perdón, no a un negro, a una mujer: En 24, el presidente de los Estados Unidos es una mujer que, de la misma manera, envía a su propia hija a la cárcel para salvar la investidura presidencial. Su hija había sucumbido a la tentación de la justicia por mano propia. La madre, y presidenta, no puede permitirlo. Tiene que dejar de lado sus afectos y delatar a su hija. Y luego, sin siquiera tomarse un respiro, ponerse a trabajar para -ahora sí- salvar al mundo. El héroe hecho a medida se sacrifica por nosotros. Abandona momentáneamente su humanidad para salvarnos.
Mentime que me gusta
En Lie to Me, como contrapartida, tenemos la respuesta liberal. Desde su motto se puede adivinar cuál es: "La verdad está escrita sobre nuestras caras". No hace falta -en principio- acudir a la barbarie. Mediante métodos de detección de mentiras basados en psicología aplicada podemos obtener esa valiosa información que salva vidas. Podemos acceder a la verdad, que debe ser rescatada del manojo de mentiras en el que se encuentra atrapada. La verdad se manifiesta a través de las expresiones involuntarias de los entrevistados. Nuestro héroe, el iluminado Mr. Lightman, es una especie de alter ego del psicólogo evolucionista Paul Ekman, pionero en el estudio de las expresiones faciales humanas y el lenguaje corporal. Una versión moderna de Lombroso, el criminólogo italiano del siglo XIX que sostenía que el crimen era una tendencia innata en algunas personas, y que sólo bastaba con observar ciertos rasgos físicos, como la forma del cráneo. Pero la teoría de Ekman tiene que ver con los gestos. Hay gestos universales, heredados de nuestros antepasados evolutivos. Y mediante el estudio sistemático de estos gestos es posible atrapar a los criminales.
Mr. Lightman, a través de su compañía privada (The Lightman Group), trabaja codo a codo con el FBI para resolver casos extremadamente complejos en los que el ojo experto seguirá las pistas que los actores irán revelando involuntariamente a través de "microexpresiones". Pequeños gestos, efímeros como un abrir y cerrar de ojos, ventanitas apenas perceptibles a través de las cuales podemos ver las más oscuras motivaciones.
Los métodos son muy invasivos: escuchas, videos no siempre grabados con consentimiento del entrevistado, técnicas de manipulación, ingeniería social, mentiras para descubrir al mentiroso. No se trata de entrevistar solamente al sospechoso, sino también a sus familiares y a todo su entorno social. Y no todo se reduce a la investigación, sino que también es necesario montar el escenario adecuado para que los mentirosos se delaten.
La tortura aquí es considerada un método primitivo; fuerza bruta aplicada para lograr un fin que siempre es alcanzable con métodos más refinados y democráticos. El problema no está en el contenido, sino en las formas.
En Lie to Me se coquetea con una suerte de revisionismo posmoderno (más que revisionismo, podríamos llamarlo reversionismo, o la concepción de distintas versiones de la historia como mundos paralelos) en el que -efectivamente- mediante la suspensión de ciertos derechos civiles es posible lograr el objetivo: encontrar a Bin Laden, desbaratar a Al Qaeda, ganar la guerra contra el terror, salvar la vida de millones que están ahí nada más que para ser salvadas.
En el último capítulo de su primera temporada, Lie to Me plantea el mismo escenario contrarreloj, pero en su versión liberal y democrática. Hay una serie de atentados (un autobús, un centro comercial), y el FBI recurre de inmediato a los expertos en detección de engaños. Podemos ver, en una escena muy simpática, al Dr Lightman interrumpir una sesión de tortura (una confesión forzada) llevada a cabo por las instituciones de seguridad nacional. Su punto es muy claro al respecto: La tortura es poco elegante, usemos un método más persuasivo.
En el mismo capítulo, se revela el hecho de que un ex agente del FBI (y lo aclaran: de la administración anterior, es decir, de la era Bush, ya superada) había instalado micrófonos en una mezquita para escuchar ilegalmente las conversaciones entre los fieles. El Dr. Lightman rastrea a este ex agente y lo obliga a entregar las cintas bajo amenaza. A no confundirse: el personaje del ex agente es un fanático conservador, que actúa como un mercenario, por fuera de la ley, con la esperanza de que lo convoquen para salvar al mundo. El Dr. Lightman, en cambio, es un hombre de ciencia, de convicciones liberales y gran compromiso humanitario. Éste es, al menos, el escenario que plantean. Pero tanto uno como otro hacen uso de las cintas ilegales. Fue mediante esas cintas que, finalmente, pudo prevenirse un tercer ataque. Los conservadores, esos fanáticos del pragmatismo, hacen el trabajo sucio. Los liberales cuestionan y al mismo tiempo justifican su existencia, salvando así sus almas bellas. Salvando también –según nos dicen- la vida biológica de miles de personas.
La fantasía ideológica que hermana liberales y conservadores no es la infalibilidad de estas técnicas, mucho menos el cuestionamiento de su validez. La utopía es la del héroe solitario. Hay que dejar de lado nuestra misma condición humana, tenemos que actuar como animales. Y actuar como animales implica –a priori- considerar al resto de los seres humanos como animales, vidas débiles, víctimas potenciales que deben ser salvadas. ¿Y quiénes son los elegidos? Bueno, algunos talentosos que, llegado el momento, se verá si están a la altura de las circunstancias. El talento viene con sacrificio, le dice el Sr. Lightman a su discípula en un momento de debilidad. ¿Qué te hace creer que ese talento te pertenece sólo a vos?
Hay algo más en esta fantasía, que es la forma pasiva, casi no conflictiva, con la que los entrevistados acceden al interrogatorio. Ya no hacen falta guantánamos, ¿cierto? Podemos tenerle miedo al héroe solitario, pero nunca cuestionarlo. A lo máximo que podemos aspirar es a engañarlo en su propio juego. A ser menos humanos que él.
Entonces, ¿cuál es el mensaje político que transmite Lie to Me? ¿Cuál es su sintomatología ideológica? ¿Qué significan los gestos involuntarios que podemos ver en su estructura narrativa, en los intersticios del relato, en sus tics? ¿Cuál será, finalmente, la verdad escrita sobre su cara?
La ideología, ese saber no consciente que necesita declararse muerto para poder funcionar, resuena como un eco en los relatos de ficción, filtrándose por las hendiduras narrativas de las películas y las series populares de televisión. Podría decirse que es inevitable. La tara ideológica es un retorno de lo reprimido, un síntoma que se manifiesta en lo no dicho, en el sonambulismo de los actos involuntarios. Y como es de esperar, los productos culturales son un reflejo del síntoma ideológico, un retrato más fiel que el original. Ideología en estado puro.
Un lugar común en el pensamiento político post-9/11 es la legitimación del debate acerca de la justificación de la tortura en casos de terrorismo. Específicamente, en situaciones en las que se trabaja "contrarreloj", con prisioneros acusados de manejar información que puede prevenir actos terroristas. Información que, de obtenerse por algún medio, podría salvar la vida de millones. Nada que la CIA no venga haciendo desde hace décadas. Sólo que hoy es un legítimo tema de discusión pública, donde la opinión de todos es igualmente válida en tanto no se cuestione la hipótesis de los minutos contados y la suposición de que la verdad sólo está en manos de los combatientes ilegales.
Este debate gira en torno a dos posturas en principio contrapuestas: Por un lado, la que justifica la tortura sin más, según una economía de costo beneficio en la que siempre se está dispuesto a sacrificar algún que otro principio ético para "salvar millones de vidas". Ante la inminencia del peligro, es la misma necesidad la que impone la tortura, sus efectos benéficos son tan altos (mantener la vida) que vale la pena la suspensión de algunos derechos elementales. Y por otro lado tenemos la pálida resistencia liberal, que condena la tortura en nombre de los derechos humanos, pero que al mismo tiempo justifica la toma de ciertas medidas extremas, como usar métodos invasivos de interrogación con el permiso de la corte. Es decir, niega la tortura, pero reconoce que de imponerlo la necesidad, podría ser válido apretar algunas tuercas. Siempre, por supuesto, con el consenso de las mayorías y el apoyo parlamentario. En definitiva: la respuesta liberal no es más que la implementación de una tortura con rostro humano.
Pero, ¿bajo qué condiciones se puede saber a ciencia cierta que interrogando a un preso es posible salvar millones de inocentes? Esta situación, que siempre pertenece al orden de lo imaginario, tiene consecuencias muy concretas cuando se la toma en serio: se torturan millones de inocentes para salvar a un puñado de culpables.
Basta de lloriquear, es hora de actuar
La serie 24, por ejemplo, es un caso emblemático de la primera respuesta a esta pregunta mal planteada. ¿Es legítimo torturar para salvar la vida de millones? Desde las mismas técnicas literarias hay una puesta en escena de este tipo de situaciones contrarreloj. 24 ilustra la fantasía perfecta, tanto de liberales como de conservadores. El tiempo corre, hay una hora por capítulo, estamos bajo amenaza, y ya hemos perdido la inocencia. Es hora de actuar. Actuar Ya. No queda más remedio que cruzar la línea divisoria entre el Bien y el Mal (suspender un Bien siempre definido a partir del Mal). Aunque no todo es tan simple: al momento de torturar siempre hay una vida que se arruina. Pero no es la del torturado, sino la del torturador. Se trata de un camino sin retorno, pero que hay que transitar necesariamente. Hace falta que un salvador silencioso, voluntariamente, desde las sombras, se sacrifique (en el sentido de abandonar –como mínimo- sus principios humanitarios) y logre así obtener esa información tan crucial y valorada, que sólo los más oscuros sospechosos pueden brindar. La utopía aquí es la de la supresión de la justicia, la concepción de un mundo en el que el que pueda prescindirse de los tribunales para el sostenimiento del orden vigente.
En su séptima temporada, 24 propone una lista de temas que –en una primera lectura- provocaría a cualquier republicano medio: el agente Jack Bauer está mortalmente enfermo, trabajando contrarreloj para prevenir un ataque terrorista. En medio de la desesperación accede a un tratamiento experimental con células madre para intentar salvar su vida. Agonizando en una clínica, sin saber si sobrevivirá o no, rechaza un encuentro con su hija. Prefiere rezar junto a un árabe que había maltratado por prejuicios infundados. Prefiere, en su posible lecho de muerte, expiar sus pecados que despedirse de su propia hija. Que nadie malinterprete las cosas: no hay nada más importante que la redención. Tal es el aspecto trágico de nuestro héroe. Surge la figura del sacrificado que sacrifica vidas ajenas para salvar la humanidad. Y es válida la aclaración: lo que está en juego aquí no es la vida biológica de nuestro héroe, sino su humanidad. No hay tiempo para marías magdalenas. Hay que dejar las emociones de lado en nombre de la misión salvadora; ése es el acto ético definitivo. Deshumanizarnos para salvar a la humanidad. Total, después votamos a un negro y quedamos eximidos de toda culpa. Perdón, no a un negro, a una mujer: En 24, el presidente de los Estados Unidos es una mujer que, de la misma manera, envía a su propia hija a la cárcel para salvar la investidura presidencial. Su hija había sucumbido a la tentación de la justicia por mano propia. La madre, y presidenta, no puede permitirlo. Tiene que dejar de lado sus afectos y delatar a su hija. Y luego, sin siquiera tomarse un respiro, ponerse a trabajar para -ahora sí- salvar al mundo. El héroe hecho a medida se sacrifica por nosotros. Abandona momentáneamente su humanidad para salvarnos.
Mentime que me gusta
En Lie to Me, como contrapartida, tenemos la respuesta liberal. Desde su motto se puede adivinar cuál es: "La verdad está escrita sobre nuestras caras". No hace falta -en principio- acudir a la barbarie. Mediante métodos de detección de mentiras basados en psicología aplicada podemos obtener esa valiosa información que salva vidas. Podemos acceder a la verdad, que debe ser rescatada del manojo de mentiras en el que se encuentra atrapada. La verdad se manifiesta a través de las expresiones involuntarias de los entrevistados. Nuestro héroe, el iluminado Mr. Lightman, es una especie de alter ego del psicólogo evolucionista Paul Ekman, pionero en el estudio de las expresiones faciales humanas y el lenguaje corporal. Una versión moderna de Lombroso, el criminólogo italiano del siglo XIX que sostenía que el crimen era una tendencia innata en algunas personas, y que sólo bastaba con observar ciertos rasgos físicos, como la forma del cráneo. Pero la teoría de Ekman tiene que ver con los gestos. Hay gestos universales, heredados de nuestros antepasados evolutivos. Y mediante el estudio sistemático de estos gestos es posible atrapar a los criminales.
Mr. Lightman, a través de su compañía privada (The Lightman Group), trabaja codo a codo con el FBI para resolver casos extremadamente complejos en los que el ojo experto seguirá las pistas que los actores irán revelando involuntariamente a través de "microexpresiones". Pequeños gestos, efímeros como un abrir y cerrar de ojos, ventanitas apenas perceptibles a través de las cuales podemos ver las más oscuras motivaciones.
Los métodos son muy invasivos: escuchas, videos no siempre grabados con consentimiento del entrevistado, técnicas de manipulación, ingeniería social, mentiras para descubrir al mentiroso. No se trata de entrevistar solamente al sospechoso, sino también a sus familiares y a todo su entorno social. Y no todo se reduce a la investigación, sino que también es necesario montar el escenario adecuado para que los mentirosos se delaten.
La tortura aquí es considerada un método primitivo; fuerza bruta aplicada para lograr un fin que siempre es alcanzable con métodos más refinados y democráticos. El problema no está en el contenido, sino en las formas.
En Lie to Me se coquetea con una suerte de revisionismo posmoderno (más que revisionismo, podríamos llamarlo reversionismo, o la concepción de distintas versiones de la historia como mundos paralelos) en el que -efectivamente- mediante la suspensión de ciertos derechos civiles es posible lograr el objetivo: encontrar a Bin Laden, desbaratar a Al Qaeda, ganar la guerra contra el terror, salvar la vida de millones que están ahí nada más que para ser salvadas.
En el último capítulo de su primera temporada, Lie to Me plantea el mismo escenario contrarreloj, pero en su versión liberal y democrática. Hay una serie de atentados (un autobús, un centro comercial), y el FBI recurre de inmediato a los expertos en detección de engaños. Podemos ver, en una escena muy simpática, al Dr Lightman interrumpir una sesión de tortura (una confesión forzada) llevada a cabo por las instituciones de seguridad nacional. Su punto es muy claro al respecto: La tortura es poco elegante, usemos un método más persuasivo.
En el mismo capítulo, se revela el hecho de que un ex agente del FBI (y lo aclaran: de la administración anterior, es decir, de la era Bush, ya superada) había instalado micrófonos en una mezquita para escuchar ilegalmente las conversaciones entre los fieles. El Dr. Lightman rastrea a este ex agente y lo obliga a entregar las cintas bajo amenaza. A no confundirse: el personaje del ex agente es un fanático conservador, que actúa como un mercenario, por fuera de la ley, con la esperanza de que lo convoquen para salvar al mundo. El Dr. Lightman, en cambio, es un hombre de ciencia, de convicciones liberales y gran compromiso humanitario. Éste es, al menos, el escenario que plantean. Pero tanto uno como otro hacen uso de las cintas ilegales. Fue mediante esas cintas que, finalmente, pudo prevenirse un tercer ataque. Los conservadores, esos fanáticos del pragmatismo, hacen el trabajo sucio. Los liberales cuestionan y al mismo tiempo justifican su existencia, salvando así sus almas bellas. Salvando también –según nos dicen- la vida biológica de miles de personas.
La fantasía ideológica que hermana liberales y conservadores no es la infalibilidad de estas técnicas, mucho menos el cuestionamiento de su validez. La utopía es la del héroe solitario. Hay que dejar de lado nuestra misma condición humana, tenemos que actuar como animales. Y actuar como animales implica –a priori- considerar al resto de los seres humanos como animales, vidas débiles, víctimas potenciales que deben ser salvadas. ¿Y quiénes son los elegidos? Bueno, algunos talentosos que, llegado el momento, se verá si están a la altura de las circunstancias. El talento viene con sacrificio, le dice el Sr. Lightman a su discípula en un momento de debilidad. ¿Qué te hace creer que ese talento te pertenece sólo a vos?
Hay algo más en esta fantasía, que es la forma pasiva, casi no conflictiva, con la que los entrevistados acceden al interrogatorio. Ya no hacen falta guantánamos, ¿cierto? Podemos tenerle miedo al héroe solitario, pero nunca cuestionarlo. A lo máximo que podemos aspirar es a engañarlo en su propio juego. A ser menos humanos que él.
Entonces, ¿cuál es el mensaje político que transmite Lie to Me? ¿Cuál es su sintomatología ideológica? ¿Qué significan los gestos involuntarios que podemos ver en su estructura narrativa, en los intersticios del relato, en sus tics? ¿Cuál será, finalmente, la verdad escrita sobre su cara?

